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Paisajes Negados . Marcos Acosta

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La imagen borrosa de una siesta veraniega en la ciudad es el ingreso a la obra  reciente de Marcos Acosta que poco a poco se aleja; dejando el fuera de foco de este acercamiento que no necesita más calidad para hacer evidente la sórdida calidez  de una pileta, emplazada cual  oasis en medio del gris ardiente del cemento.

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A partir de allí sobrevolamos el paisaje que se divide entre registros urbanos y naturales, intervenidos por planos de colores que dejan al paisaje en un segundo plano de  la imagen, tapados por las  formas geométricas superpuestas. Otras generan  diseños a partir del perfil de las montañas, los edificios y los escasos vacíos que se abren entre ellos: el cielo y el suelo van proponiendo una nueva espacialidad.

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Ya en “Orígenes de la Catástrofe”, la serie anterior que Acosta itineró por diversas ciudades del país, había un claro posicionamiento frente al avance del desarrollo posindustrial sobre la naturaleza: dominación, destrucción y onerosidad, tema de agenda climática mundial que cada vez nos afecta más directamente pero parecería aún difícil de abordar desde una posición crítica reflexiva: ¿Estamos entregados a la destrucción? ¿Es algo inevitable? ¿Podrán algunos sobrevivir a la escasez de recursos vitales? ¿Tiene sentido la superproducción a costa de la supervivencia de la especie humana? ¿Es esto solamente una representación? ¿La búsqueda de belleza  lo justifica todo?¿Creemos que esto no nos implica?. Son preguntas que Acosta nos viene haciendo indirectamente desde un exquisito abordaje de la arquitectura y de la naturaleza a través de la pintura.

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El notable talento de Acosta, desarrollado estratégica y  prolíficamente desde los prematuros inicios de su carrera, nos encanta ya que logra sublimar lo que registra: el paisaje y la arquitectura son  bellos en sí mismas y pueden convivir, incluso interfiriéndose generan cierta belleza.  Generando una doble lectura permanente, volviendo esta situación crítica en  una experiencia altamente estética donde se invaden, se ubican, se articulan, se recortan por el gris de las piedras del rio o siguiendo  las estructuras de cemento,  recuadros asimétricos que escinden y acentúan los planos de color.

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Su destreza para convertir el espacio en materia prima y el paisaje en eje temático que abarca  naturaleza y urbanidad sin escalas ni diferencias, líneas que demarcan vacíos de color, silencios verdes-fucsias de cemento, torbellinos expulsados de las grietas de concreto. Cielos  con diseños lineales y abstractos que nuclean el concepto: la pintura per se supera las estructuras temáticas y la crítica reflexiva se plantea desde su lado sublime y bello, así como desde su opuesto: su verdad siniestra.

Y finalmente: ¿Qué tarea debe tener el arte ante esto? ¿Cuál es la posición que debe ocupar?  ¿Tiene porque asumir un rol crítico? ¿O sólo debe ceñirse al interés por  los planos, los tonos, la luz y la oscuridad?

La obra de Acosta abre preguntas sobre el paisaje y su representación, así como sobre la pintura como lenguaje contemporáneo que aborda problemáticas concretas desde una posición estética.

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